Pepin Teverga |
Luces y Sombra
por J.I. Castañon
La jubilación
es una muerte simbólica. Se cierra una vida, la profesional, y se abre
otra, cual alma resucitada que nos garantiza un descanso. Cuando uno se jubila,
como si de un funeral de cuerpo presente se tratase, los amigos, conocidos,
los colegas del «muerto», en definitiva, le despiden en una comida
y le dan la bienvenida a la otra vida con panegíricos. Si un anónimo
espectador acudiese al acto, con total seguridad pensaría que el fallecido
era un «santo varón». Vamos, que no había mejor persona
o profesional en la tierra. Si ustedes consideran que es lo acertado, les ruego
que no lean este artículo porque no encontrarán esto; si, por
el contrario, les gustan las luces y las sombras, léanlo: el «muerto»
se llama Pepe Teverga, entrenador y responsable de la sección de atletismo
de la Universidad de Oviedo, y quien firma va a dar su opinión sobre
él, quizá distorsionada, seguro subjetiva y no ajustada cien por
cien a la realidad.
Conocí a Pepe Teverga hace veinte años y fue en puridad mi primer
entrenador de atletismo. El CAU era en aquella época, y sigue siendo
hoy en menor medida, el mejor club por palmares de Asturias, y Pepe era el entrenador
estrella del equipo. Se suponía que si querías ser atleta de fondo/medio
fondo tenías que pasar por sus manos. De hecho, tal consideración
sigue existiendo en los que siguen el atletismo como espectadores y no como
partícipes. Permítanme decir que en el periódico con el
que colaboro me han llegado a comentar si enviaban a su hijo a que entrenase
con Teverga. Supongo porque no podían nombrar
a otro entrenador, a excepción, claro está, de Azpeitia por motivos
yaguísticos.
Allí estaba yo con diecisiete años, en el CAU, casi sin ninguna
experiencia y sí mucha vocación, dentro de un pack de buenos atletas,
malogrados todos por diversas circunstancias, como una película de serie
B que acompaña por contrato a una gran producción. Me gustaba
el atletismo: correr, y cuánto había disfrutado con Sebastian
Coe y José Manuel Abascal. Quería ser como ellos. Y pronto, muy
pronto, me di cuenta que nunca lo podría ser. El profesor que me suspendería
sería Pepe Teverga. A los ojos de un chaval como yo Pepe era una persona
seca, cortante y que tenía sus ojitos puestos en los atletas destacados:
Pariente, Campal, Moisés Fernández... Vamos, gente medallista
en nacionales o en disposición de ello. El resto éramos vulgar
relleno o tierra en proceso de abono. Y es que aunque hoy la gente se «pegue»
por captar atletas y tener la suerte de formar un equipo, en aquella época
un entrenador y un club de atletismo se permitían el lujo de animarte
a abandonar el deporte que te gustaba de muy variadas formas: nada de palabras
amables y sí órdenes, prometerte una equipación que el
resto disfrutaba y nunca llegaba, o bien, y eso no fallaba y me consta que sigue
siendo un indicio claro en la actualidad de que no triunfarás, animándote
a que practicaras la marcha (marcha-dores, ruego me perdonéis): «¡Fíjate
que tendrías un puesto en el equipo, podrías viajar... Uy, ya
me veo en los periódicos Marín, Llo-part...!». «Chico,
pero qué le vamos a hacer, pero no me convence entrenar un montón
de horas, no ganar un duro y encima que un paisano se ría de tus movimientos
de cadera», pensaba. Y yo, como muchos atletas que vistieron la camiseta
verde, me echaron o me marché de allí y fui a parar con Raúl
Fidalgo, que servía de chico para todo en la liga y que empezaba a hacer
sus pinitos como entrenador. Esos pinitos le llevaron junto a Len, otro atleta
que parecía que «pasaba» mucho de Pepe, a transformar a una
chica como Ana Amelia, que era muy completa, en una finalista mundial. Estaba
claro que había «vida» más allá de Pepe Teverga.
Estuve un tiempo con Fidalgo hasta que me captó Luis Ramón Fernández
«Pirri», entrenador y sempiterno obstaculista que captaba a los
deshechos del CAU por convicción y que nos animaba a seguir disfrutando
y creciendo primero como personas y luego como atletas. Y allí dejé
a Pepe Teverga en su esquina de la grada del CAU con su Marca y su Real Madrid
mientras el perro de presa que era el conserje Fanjul nos anticipaba el papel
que jugaría el Ayuntamiento con las pistas de San Lázaro: ¡Prohibido
pisar el césped! Supongo que Pepe pensaría de toda aquella tropa
desertora lo que el ejército de la guerrilla: te fastidiaban de vez en
cuando pero no ganarían una guerra por falta de disciplina.
Comentábamos aquellos exiliados que no entendíamos cómo
era posible, y es el único reproche que como aficionado y colaborador
deportivo le hago hoy en día a Pepe, que teniendo tan buen material en
sus manos no hubiera triunfado un atleta de los suyos con todas las de la ley.
Por cierto, Pepe, me gustaría que si leyeses este artículo nos
lo explicases, si es que hay alguna razón. Y esto se convirtió
en «vox populi» cuando Juan Puerta se marchó a entrenar con
el grupo de David Méndez y se proclamó campeón del mundo
universitario de cross. ¡Toma, toma, toma!, que diría Fernando
Alonso. Tras Puerta y el terremoto que fue su título se le fueron marchando
a Pepe prácticamente todos sus pupilos. Ya cada vez más alejado,
quien firma, de la pista me llegaron rumores de que Pepe había cambiado.
Se había vuelto más dialogante y conciliador, nada de aquel talante
tajante y distante. Una vez finalizada mi mediocre etapa como atleta, con lo
que se confirmó el buen ojo de Pepe Teverga, tuve la oportunidad de trabajar
en el periódico que se autodenomina «líder» de la
prensa asturiana. Y ya se pueden imaginar, ¿me despacharía a gusto
con Pepe Teverga? ¿Haría un ajuste de cuentas? En mi primera crónica
de atletismo narré la victoria por equipos del Oviedo Atletismo masculino,
club del que había formado parte, frente al Universidad, merced a una
injusticia reglamentaria como fue que los atletas promesas no podían
puntuar como sénior. Sé que no debió gustar mucho en mi
ex club aquel artículo, pero aquel título mo-ralmente le perteneció
al CAU. En fin, que comencé en esto de hilar frases con mal pie.
Lo cierto es que como periodista conocí a otro Pepe, un Pepe que seguramente
existía y que yo había ignorado merced a mi experiencia como atleta,
y era un Pepe muy educado, solícito y que me dio un consejo que no olvidaré:
escribe lo que piensas, no te dejes influir poniendo lo que te dicen algunos.
No seas el vocero de otros, me decía. Y esto, Pepe, estoy haciendo. Su
figura se hizo más humana con la triste desaparición de Juan Puerta.
Estoy bien seguro que el día de su homenaje le echó de menos.
Siempre lo ponía de ejemplo. A quien seguro no echó en falta sería
a mí. No acudí, y no por el consabido ajuste de cuentas, sino
por motivos más prosaicos: la imposibilidad de encontrar canguros para
mis gemelos, y es que, al igual que hay vida en el CAU más allá
de Pepe Teverga, la hay, y mucha, más allá del atletismo. Comprobado.
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