La Nueva Espaņa

La maratón más corta de Rocío

La atleta se quedó con ganas de seguir corriendo en Atlanta-96
Ríos cree que hubiese podido rozar el podio de arriesgar antes


marcos león

MULTIMEDIA
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Rocío Ríos estuvo corriendo dos horas y media por las calles de Atlanta en una calurosa mañana del verano de 1996. Y le pareció poco. La gijonesa hizo una carrera tan reservona que llegó con ganas de más. Y se quedó con la sensación de que, con otra táctica, hubiese estado cerca del podio. Pero, al fin y al cabo, la quinta plaza olímpica es de largo el mejor recuerdo de su carrera deportiva. En la fotografía, Rocío Ríos posa en su casa de Gijón con el uniforme del equipo español en Atlanta y el diploma por su quinto puesto.


Gijón, Mario D. BRAÑA

Rocío Ríos estaba tan a gusto con su experiencia olímpica que, por ella, hubiese seguido. Le parecieron poco los 42,195 kilómetros de la maratón de los Juegos de Atlanta. Y empezó a darle vueltas a la cabeza, a pensar que si hubiese apretado antes quizá a estas horas se encontraría en el exclusivo grupo de medallistas. Pero un quinto puesto no está nada mal, sobre todo para una atleta que viajó a Estados Unidos como la tercera opción entre las maratonianas españolas.

La maratón olímpica de Atlanta exigió más sacrificios que los propios de una prueba de larga distancia. Para combatir los efectos del calor y la humedad extremos, la carrera empezó a las 7 de la mañana. Para adaptarse, Rocío Ríos y sus compañeras empezaron a levantarse a las 4 de la mañana varios meses antes, en España, y los quince días previos que pasaron en la villa olímpica. Una exigente rutina que Ríos aceptó de buen grado con tal de llegar en las mejores condiciones a su cita más importante.

La atleta, que se trasladó a Gijón a los pocos meses de nacer en León, pudo preparar los Juegos con relativa tranquilidad. Había conseguido la mínima en noviembre de 1995, en la maratón de San Sebastián, con la mejor marca de su carrera (2-28-20). Le daba la razón a su entrenador, David Méndez, que siempre le había visto más competitiva en largas distancias. Todo lo contrario que algún responsable federativo, empeñado en que buscase la mínima en el 10.000, prueba ya entonces copada por las atletas africanas.

Rocío Ríos, que otras veces había pecado de precipitación, se planteó la maratón olímpica con muchas precauciones. «En los días previos, mi obsesión era no lesionarme. Y ya en carrera llegar a la meta para ser olímpica», recuerda Ríos, que en Atlanta fue de menos a más: «En los primeros kilómetros estuve tranquila en un grupo con mi compañera Mónica Pont. Al llegar a la media maratón vi que Mónica iba a menos y decidí tirar. Fui cogiendo a las mejores y al pasar por el 35 me dijeron que iba séptima».

«Finalista, pensé», añade Ríos reviviendo aquellos momentos: «Iba como una moto, si llega a quedar un kilómetro o dos más, seguro que cojo chapa. Normalmente, en una maratón llegas que no puedes con el alma, pero en Atlanta me quedé corta. Cuando entré en el estadio iba feliz, saludando a la gente, con la grada de la recta de meta llena. No me lo creía. Aquel momento fue el más feliz de mi vida, sólo superado ahora por el nacimiento de mis hijos. Acabar una maratón olímpica es lo mejor que te puede pasar. Y, encima, diploma».

En aquel momento, el quinto puesto le pareció magnífico. Empezó a darle vueltas cuando llegó a Gijón y su entrenador le dijo que podría haber sido medalla: «Según David, debería de haber tirado antes. Pero eso no se puede saber de antemano. Otras veces, como me encontraba muy bien salía a por todas y acababa pinchando».

Por lo demás, Rocío Ríos disfrutó como una niña de su experiencia olímpica. Cuatro años antes, pese a celebrarse en Barcelona, casi ni sabía lo que eran los Juegos. Desde 1996 es una devota del movimiento olímpico. Pese a las críticas de muchos deportistas a la organización de Atlanta, para la gijonesa todo estuvo perfecto. «Será porque son los únicos que conocí, pero estuve muy a gusto», explica Rocío. Destaca las emociones de la ceremonia inaugural, sobre todo la vuelta al estadio, y la oportunidad de ver de cerca a figuras como los atletas estadounidenses.

Una vez cerrada su participación, Rocío Ríos se dedicó a disfrutar de los Juegos como espectadora y como turista de Atlanta. «Muchos días cogía el tren y me iba sola hasta la ciudad porque las compañeras tenían familiares allí», señala Rocío, que relata como una anécdota su encuentro con Alberto Juantorena, el atleta cubano que entonces trabajaba para Adidas. «Como yo también tenía contrato con Adidas volví a España con cuatro maletas llenas de ropa».

En los años siguientes, Rocío Ríos se aplicó en el trabajo para repetir experiencia en Sidney. Un sueño que se esfumó en 1999: «En mayo tuve una rotura en el gemelo y no pude preparar bien la maratón. Lo intenté en el 10.000, pero salió fatal». La historia se repitió durante el siguiente ciclo olímpico: «Por bruta, nunca acababa de recuperarme de las lesiones».

No le quedaron ganas ni de ver los Juegos por televisión, hasta que en Pekín superó su depresión olímpica. Ahora tiene dos pequeñas y buenas razones en casa para mitigar su añoranza del atletismo, aunque pocos meses después de su segundo parto ha vuelto a calzarse las zapatillas. De momento, como cualquier atleta popular. Y con la maratón del Nueva York en el horizonte.

Rocío Ríos Pérez

Nació el 13 de marzo de 1969 en León, aunque vive en Gijón desde ese mismo año. Empezó a practicar el atletismo con 15 años, en el club Fumeru. Antes había jugado al balonmano y el baloncesto. También perteneció a los clubes Gijón Atletismo, Adidas, Oberón, Puma-Chapín de Jerez y Carrefour de Santander. Además del quinto puesto en la maratón de los Juegos Olímpicos de Atlanta-96, con un tiempo de 2-30-50, fue decimotercera en el Mundial de campo a través de Laussana-2003. Mantiene el récord de España de media maratón (1-09-59) logrado en Azkoitia en 1997. Dos medallas de bronce por equipos en los mundiales de media maratón 95 y 98.