La Nueva España

Aquel día...

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
ALFONSO ÁLVAREZ CUERVO En la salida apenas mostraba un gesto de preocupación. Cuando la presión hace de las suyas y encoge hasta los mismísimos huesos, el jamaicano tenía el aspecto sereno del que se sabe seguro de sus fuerzas; del que, pase lo que pase, sabe que nada le va a impedir reaccionar y tomar la decisión apropiada en milésimas de segundo. Usain Bolt nos trasladó ayer a otra dimensión, a esa a la que sólo unos pocos en la historia del deporte con mayúsculas son capaces de trasladarnos. Demostró ser el mejor entre los mejores y con el mundo entero como testigo.

Fuimos, desde el sofá y ante el televisor, espectadores de un momento histórico en el que Bolt hizo una carrera para la cual lleva toda su vida entrenando... Hizo simple algo prácticamente irreal. A priori la carrera se le presentaba a favor con la baja de un Tyson Gay eliminado en semifinales fruto de una mala preparación debido a una inoportuna lesión, y por las propias sensaciones positivas mostradas por el jamaicano en las rondas previas. Sólo faltaba saber si su compatriota Asafa Powell podría secundarle en el podio con una emocionante carrera o iba a descender a los infiernos de sí mismo y rememorar antiguas heridas en forma de sonadas derrotas. Y sonada volvió a ser la derrota de un Powell que no logra vencer la presión a pesar de su enorme potencial.

Tardes como la de ayer hacen que recordemos por siempre ciertos momentos de esos que marcan y nos quedan grabados en la memoria. Quizás el atletismo nos guarde otro momento maravilloso con la final de longitud gracias a un Saladino que este año ya ha saltado 8,73 metros, pero de momento siempre podremos decir aquello de «aquel día yo vi ganar a Usain Bolt en Pekín».

 

 

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