La
Nueva España
No
pudo ser
JAIME FERNÁNDEZ
Ayer
era el día más importante del año para el atletismo femenino
español. Nuestra mejor atleta de todos los tiempos, Marta Domínguez,
se enfrentaba al reto de su vida: conseguir una medalla en los
Juegos Olímpicos. La corredora palentina es la atleta española más
laureada de las historia, con medallas en campeonatos de Europa y
del Mundo, y con incontables títulos y récords nacionales, pero aún
sin premio olímpico. A priori todo parecía estar del lado de Marta,
que con tan solo tres carreras de obstáculos a sus espaldas se
presentaba con dos grandes registros y un segundo puesto en las
series semifinales. El oro estaba difícil, pues la «recordwoman»
mundial, la rusa Gulnara Samitova, venía dispuesta a hacer historia,
como así fue. La carrera comenzó como se esperaba, con Samitova,
Petrova y la marea africana corriendo como posesas a ritmo de récord
del mundo. Marta se agazapó tras la rusa Volcova, actual campeona
del mundo, esperando su momento. Y ese momento llegó a falta de 400
metros para meta, cuando todas las rivales de Marta, menos la
estratosférica Samitova, acusaban el esfuerzo y sucumbían ante el
ataque de la palentina que iba lanzada a por la plata.
Pero lo que no pudieron hacer las rusas ni las africanas lo hizo el
obstáculo número 33, que la dejó K.O. de un solo golpe y sin
posibilidad de recuperación. Marta, con la raza que la caracteriza,
se intentó levantar en un esfuerzo épico que encarnó perfectamente
el espíritu olímpico y del cual todas las televisiones mundiales se
harán eco, pero Marta no podía.
Al límite de sus fuerzas se volvió a caer contra las vallas
publicitarias para decir adiós a su sueño olímpico, el sueño
olímpico de todas las atletas españolas.
Ningún espectador podrá olvidar esta carrera, y no podrá olvidarla
por dos motivos: el primero, el impresionante récord del mundo de la
rusa Gulnara Samitova, que se convierte en la primera mujer capaz de
romper la barrera de los 9 minutos en los 3.000 metros obstáculos, y
el segundo por ver el espíritu olímpico encarnado en una de las
nuestras, en Marta Domínguez.