La Nueva España
Una
cuestión de Estado
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MARCOS PEÓN La
desgraciada caída de Marta Domínguez, que tiró por tierra
una medalla que todos los españoles veíamos casi segura a falta
de 200 metros, nos enseñó que hasta que se salta la última
valla no hay nada asegurado en esta dura prueba del 3.000 obstáculos.
Nada excepto que el escalón más alto del podio masculino estará
ocupado por un keniata de nacimiento, y digo lo de nacimiento porque los petrodólares
de los jeques árabes han comprado en los últimos años el
talento de algunos de los mejores keniatas para ponerlos al servicio de sus
naciones, entre ellos el del actual plusmarquista mundial, Saif Shaheen, antes
conocido como Stephen Cherono. Desde que Kip Keino consiguiera el oro en Múnich-72,
salvo en las ediciones del 76 y el 80 (ausentes los keniatas por sendos boicots
de los países africanos), los atletas del valle del Rift habían
obtenido el oro en esta especialidad en todas las ediciones de los Juegos. Y
ayer no podía ser distinto, incluso permitiéndose el lujo de dejar
en casa al mejor marquista del año, Paul Koech, el cual quedó
cuarto en los «trials» olímpicos, las «gacelas de ébano»
casi consiguen reeditar del triplete de Atenas, y colocaron en primer y tercer
lugares a dos de sus tres representantes. El bronce fue para Richard Mateelong
y el entorchado olímpico paso a manos del actual campeón mundial,
Brimin Kipruto, el cual declaraba tras la prueba que para su país la
supremacía en el 3.000 obstáculos era una cuestión de Estado.
Quizás por eso mientras que el resto de campeones olímpicos dan
la vuelta de honor en solitario los keniatas del «steeple» lo hacen
en grupo con sus otros compatriotas participantes en la prueba, independientemente
de si éstos han obtenido un buen resultado, como puede ser el caso del
hasta ayer campeón olímpico, Ezekiel Kemboi, hundido en el final
de la carrera, pero aun así, orgulloso acompañante de sus triunfadores
compañeros. Y es que el oro del 3.000 obstáculos no lo gana un
keniata, lo gana Kenia entera.